domingo, 12 de febrero de 2006


Un mes en Melilla es mas que suficiente para conocer la ciudad. Es incluso mas que suficiente para aburrirse. Me desplacé allí por motivos de trabajo y lo que queda, como en todos los casos, es un poso de recuerdos de la gente que he conocido y que me ha ayudado a sobrellevar esa extraña sensacion de aislamiento que sufre quien no es de allí, no está acostumbrado y no tiene con qué llenar esos huecos que surgen cuando no hay nada que hacer.

Queda tambien el recuerdo de una ciudad tranquila, donde las personas de distinas religiones y culturas se comportan como vecinos, normales y corrientes, tirando por tierra ese lamentable mito que muchos tenemos en torno a esas dos ciudades.
Cuando paré a reflexionar (que tiempo he tenido para ello), lo hice en una ocasión sobre el contraste que existe cuando algo te lo cuentan por TV y las sensaciones que despierta la observación personal.
Yo podría decir muchas cosas de una ciudad que merece un fin de semana para conocerla, y no quisiera que centrarme en un aspecto concreto hiciera pensar a mis amigos lectores que hay un solo motivo para ir, o que fuera una referencia exclusiva de la ciudad. Lo cierto es que esta ahí y pasa completamente desapercibida: la verás si vas a buscarla, pero no se oye, ni huele. No habla. Ni escucha. La gente vive en Melilla como si no estuviera.

Resulta chocante oir los comentarios en los medios de comunicación de personas que quieren huir, cruzar, resolver sus vidas, traer a su gente, ganar un mundo mejor. Se percibe la relevancia de algunas cosas que hasta entonces no nos llaman la atencion y cuando la ves, cuando la ves parece que esta siempre dormida. Parece que nunca ha pasado nada. Que todo es normal. Guardas silencio y no te dice nada. Parece como si no fuera mas que una valla.


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