De camino se encontró con el pelícano y después de saludarse diplomáticamente iniciaron una amena conversación mientras iban de camino.Hermoso eres, le dijo el erizo al pelícano, pero frágil. Tu belleza es plato apetecido de muchos y no en vano estás en peligro de extinción. Se trata de estrategia. Mira, cuando las cosas se ponen difíciles yo me envuelvo en mí mismo, me protejo con mis púas y ahí fuera que suceda lo que quiera. Aguanto hasta que pasa el peligro. Tú, en cambio, extiendes las alas, levantas el vuelo, te pones a tiro y, claro, estás sentenciado. Además eres un poco masoquista. ¿Cómo entender que te claves tu pico en tu propio cuerpo, cuando tus hijos tienen necesidad, y hagas brotar sangre para su alimento? La caridad bien entendida empieza por uno mismo.
Enséñalos a cazar por sí mismos para que no sean unos holgazanes el día de mañana. Estás cavando tu fosa.El erizo erguía su cabeza, orgulloso, frente al pelícano, mientras éste caminaba cabizbajo, meditando todo cuanto el erizo le iba explicando por el camino. ¿No ves, decía el erizo, la cara pálida y acongojada que tienes? No vives al día. Tienes que modernizarte un poco, colega. El pelícano se tocó la cara con el ala derecha y sintió que algo fallaba a sus pies. Tal vez el erizo tuviera razón. Había cada día menos pelícanos, eran el punto de mira de todos los cazadores, apenas había grandes bandadas de pelícanos blancos, todo uniformados, que surcaban el horizonte siendo la envidia de todos, como antaño.

Le invadió una inmensa congoja y hasta llegó a pensar que tal vez la madre naturaleza había decidido desprenderse de ellos para siempre. Seguramente ya no eran necesarios. ¡Quién fuera erizo, pensó!En esto andaban cuando apareció, como una inmensa serpiente dormitando en medio de la llanura, la carretera. El hombre lo invadía todo y la civilización iba engordando a costa de los eriales, del aire puro, del derecho secular de los animales, aplastando todo cuanto tocaba. Las finas hierbas que habitaban la llanura, salpicadas de margaritas blancas, habían sido sepultadas cruelmente por una bocanada pestilente de asfalto negro y pegajoso que reinaba en medio de la llanura con absoluta desfachatez.
El erizo y el pelícano, visiblemente enojados, decidieron cruzar aquella inmensa carretera que se interponía en su camino hacia el pantano. Estaban en medio de la carretera cuando atronó sus oídos un ruido aterrador. Un vehículo amenazante se dirigía hacia ellos a gran velocidad dispuesto a devorarlos. Unos le llamaban progreso, otros, postmodernidad. Traía encendidos los ojos y rugía como una bestia hambrienta. Era imparable. Ahora verás, dijo el erizo. Y haciéndose una bola, encerrado en sí mismo, se regocijaba pensando en lo bien que la madre naturaleza le había dotado para hacer frente al peligro inmediato. El pelícano, a duras penas, consiguió batir las alas y a punto estuvo de ser golpeado por aquella máquina furiosa que pasó a toda velocidad rozándole las alas.

Al mirar hacia atrás pudo ver que su amigo, el erizo Genaro, había sido aplastado sobre el asfalto y sólo una mancha sanguinolienta era testigo de su desgracia. ¡Vaya! Se dijo el pelícano. Definitivamente pienso que encerrarse en uno mismo no parece la mejor solución. Y siguió caminando, con la cabeza erguida, hacia el pantano, convencido de que ser pelícano no es tan desgraciado después de todo.
1 comentario:
gracias jose, ya tengo puesto el video.
besets
wil
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